Kropotkin veía en cada creación humana el vasto horizonte del linaje humano. Todas las cosas de valor, desde la agricultura a la astronomía, eran para él brotes de un capital heredado—material e intelectual—una reliquia cuyas raíces retroceden por toda la ascendencia de la especie humana. Rousseau, en su discurso, nos dice:
How many crimes, wars, murders and how much misery and horror the human race might have been spared if someone had pulled up the stakes or filled in the ditch, and cried out to his fellows: 'Beware of listening to this charlatan. You are lost if you forget that the fruits of the earth belong to all and that the earth itself belongs to no one'.
Smith nos advierte de los "viles maestros de la raza humana", cuya máxima es "todo para nosotros y nada para los demás", y declara:
As soon as the land of any country has all become private property, the landlords, like all other men, love to reap where they never sowed, and demand a rent even for its natural produce.
A Smith le interesaba describar las cosas como son más que sugerir cómo deberían ser. La riqueza de las naciones provee un modelo del funcionamiento de un sistema complejo, no imperativos éticos. Pero aquello que en La riqueza de las naciones sí surge de una actitud moral nace de los mismos ideales que impulsaron el romanticismo francés y alemán—lo cual incluye al joven Marx. No sería sorprendente que incluso un lector educado confundiera un pasaje aleatorio de La riqueza de las naciones con, digamos, los Manuscritos de 1848. Desde una perspectiva ideológica, la similitud no es sorprendente. Debería ser una trivialidad identificar los ideales de la ilustración con el utopismo del socialismo primitivo—e.g. un Étienne Cabet—o con sus formas más desarrolladas—el marxismo y, sobre todo, el anarquismo—.
¿Pero cuál es el ideal liberal? Si bien es imposible reducir una tradición sofisticada y compleja a unas pocas oraciones, algunos principios clave pueden identificarse. El más fundamental es la oposición al poder concentrado, que los conservadores confunden con una oposición específica al poder de la corte o el Estado, ahorrándose la molestia de extrapolarlo a las formas industriales de concentración de poder. Que la libertad para ejercer el pensamiento crítico y la actividad creativa, en soledad o en asociación con otros, es fundamental. Que las personas deberían ser lo suficientemente educadas como para ser capaces de independencia, y lo suficientemente poderosas como para ser capaces de influenciar la realidad que les circunda. Que venderse o rentarse a uno mismo es degradante, así como es degradante que el trabajo sea tan ajeno a nuestras inclinaciones que debamos ser sobornado o, peor, coaccionados a hacerlo por la amenaza del hambre. Que toda forma de autoridad que no pueda justificarse debe ser desmantelada—un principio que liberales como Diderot sofisticaron y que vio su continuación natural en el anarquismo primitivo de Godwin—. Y un gran etc.
Una fracción del discurso liberal se presenta a sí mismo como una doctrina económica, atándose inextricablemente a la economía de libre mercado. Sin embargo, en las obras del liberalismo clásico las consideraciones económicas estaban subordinadas a los principios humanistas mencionados arriba. Entonces, surgen algunas preguntas: ¿son realizados estos ideales en el capitalismo de Estado? No need to comment. ¿Los liberales hoy se guían por ellos? No need to comment either. Por último, ¿quién, si es que alguien, aspira aún a estos ideales?
El mundo está lejos, tan lejos como nunca estuvo, de realizar estos ideales. Y contrario a la opinión popular, que gusta de palmear su propia espalda y decir que vivimos en el mejor de los tiempos, la especie humana jamás estuvo bajo un peligro existencial mayor. El progreso material, aunque guiado por los intereses del poder concentrado, es real, pero el riesgo nuclear, el inminente desastre climático, y el desenfrenado avance de técnicas de control y represión guiadas por la inteligencia artificial, ponen a la humanidad en el lugar más vulnerable de su historia. La existencia de un hombre hace dos mil años era, en muchos sentidos, más incierta y dura que la de un hombre moderno; la existencia de la especie, sin embargo, estaba asegurada.
En este contexto, así llamados liberales aparecen de repente como amantes del ejercicio de la fuerza y la violencia, apologetas de la tiranía, y siervos del poder concentrado. Esto no debe tolerarse. Necesitamos una izquierda libertaria que rescate los principios iluministas de su oscuro olvido. El socialismo, en todas sus variaciones, no es más que una aplicación del principio liberal fundamental—oposición al poder concentrado—a sociedades donde tal concentración cae en manos privadas, y no en la corte o el Estado. Temo que, si un cambio profundo no sucede pronto, la humanidad no sobreviva para ver siquiera una forma primitiva o rudimentaria de libertarianismo, en el sentido original que he tratado de recuperar aquí.