$\S$ Bajo las tenues y pequeñas luces que colgaban sobre el aire nocturno del patio, su rostro dejaba traslucir los vestigios guaraníticos, africanos y europeos que conjugaban en él una hermosura sin nombre. El piso de ladrillo era cercado por estrechas franjas de tierra fértil, alfombrada de perladas piedrecitas blancas, desde las cuales decenas de plantas tropicales conjuraban una especie secreta de encanto similar al de sus ojos negros. En efecto, había en aquellos ojos todo lo que en América creemos —o fingimos creer— haber enterrado, otorgándole lo que alguien describió correctamente como una «mirada de cinco siglos». Sentada en silencio, descalza y con un cigarrillo en la mano, la salvaje hojarasca de un jazmín brasilero abierta a poca distancia de su oscuro cabello, como infinitos dedos que sueñan dar sonido a un instrumento delicioso y primitivo, ella también se preguntaba quiénes fueron los hombres, los infinitos hombres, que la habían llevado allí. Ella no lo sospechaba, pero ella era —como todas las cosas— apenas algo más que un eco. Y yo la contemplaba con el silencio respetuoso de los que invaden un cementerio, disimulando mi distante asombro, aunque todo en mí sintiera que una reverberancia de voces milenarias iba aflorar, en cualquier momento, desde sus labios.

—¿Qué hace?—me pregunté, temiendo que lograra desnudar mi corazón, y una voz interior me dijo «está esperando». Sus pies descalzos se unieron el uno al otro como dos trenzas juveniles; sus dedos se entrelazaron y recorrieron su cuerpo como enredaderas silvestres; el patio se deshizo y dio lugar a una hierba milenaria, inundando mis sentidos cruel o tiernamente. Nada quedó a mi alrededor. Solo y confundido, miré la hermosa flor que había nacido ante mí, que ya no me increpaba con cinco siglos de mirada. Y repetí en silencio: «está esperando».


$\S$ Cuando todavía era un niño enamoradizo, me entregué —como a tantas otras cosas que la gente gustaba de llamar «pérdidas de tiempo»— a la lectura de Matsuo Bashō y Kobayashi Issa. Parece mentira, pero aquella tarde había recordado el dulce haiku que promete la incipiencia del amor:

Under the cherry blossoms
strangers are not
really strangers.

Aunque el calor era insoportable y el día era clarísimo, quienes conocíamos el inclemente clima de esta región del mundo sabíamos que se avecinaba una tormenta tropical. Estábamos reunidos en un antiguo patio donde la gente de la ciudad se amontona a escuchar música bajo la amorosa sombra de los mangos y los urunday, meciendo nuestros sentimientos al son de unas canciones con un dejo folklórico y feliz, como se mece a un niño febril que quiere llevarse a las serenas regiones del sueño.

Lentamente los tintes carmesíes del arrebol fueron invadidos por una oscuridad de plata. Los cuerpos, los cuerpos de las gentes y las cosas, aparecían ante mí como fantasmas nativos de un mundo mágico y perfecto. Una profunda soledad invadió mi corazón, tal vez porque la música se había vuelto melancólica, tal vez porque en mis puños cerrados todavía me aferraba a un puñado de ceniza y la sentía escaparse de mis manos lentamente, como el polvo fino de un reloj de arena pasa de una parte a otra. «Así me escondo en este mundo»—pensé—«con esta arena, con este recuerdo apretado entre mis manos».

Salí a sentarme solo en un banco de madera, cerca de un árbol de naranjos, con el alma oprimida por la añoranza de una mujer que ha muerto, del deseo de verla bailar en la hojarasca con aquellas personas que no la conocieron, del ansia de volver a sentir sus manos y su voz llamándome, pero esta vez sin lágrimas ni pena. ¿Qué puede doler más que el pensamiento desesperado de querer hundir los labios en la tierra para llamar un nombre que, día a día, es recordado por menos y menos personas? Lentamente, como un yaguareté que acecha en los juncales, la tormenta iba anunciándose en la voz del viento.

Sentí aproximarse, más que un cuerpo, una mirada—una que algunos días después, en otro patio nocturno, llamaría una «mirada de cinco siglos»—. No sé cómo pero supo recordarme que había otro mundo dentro, un mundo de personas vivas que bailaban vivamente, besándose los labios o tocándose las manos, amándose en secreto aunque fuera por sólo unos instantes, bajo el influjo de una música a la vez citadina y de interior. Aquellos ojos negros eran ojos vivos y, en cierto modo, me llamaron al mundo de los vivos. Y entonces abandoné mi pensamiento, abandoné a mi amada muerta, y mirando a la muchacha que ya se levantaba de mi lado pensé:

Bajo el árbol de naranjos
los extraños no son
verdaderamente extraños

Poco después la tormenta desató su furia, como una bendición, sobre nosotros.


$\S$ Aunque lentamente, las nubes de la tormenta ya empezaban a disiparse en el cielo gris que plateaba las aguas del Paraná. Durante los primeros minutos de conversación, como es usual en estas ocasiones, mis palabras zozobraban un poco y me sentía levemente vulnerable. Con toda certeza, ella sabía la verdad de mi corazón, y lo tenía ante sí desnudo y sin tinieblas que escondieran sus secretos. Sentí que la fuerza del río, como un lazo espiritual, nos unía misteriosamente. Es posible que fuéramos peces en un acuario íntimo y secreto, o juncos que arriman sus cabezas o enlazan sus raíces en el lecho del río, o las dos torres de un frágil castillo de arena. Sus ojos me parecían otra vez estar pletóricos de tiempo, llenos de siglos, eras y estaciones. Su rostro pérsico, perfilado sobre las aguas argentadas del río, era alumbrado por la poca luz pálida que rompía las densas nubes de la tormenta menguante.

Hablamos de los dos milenios de Roma, de cierta anécdota divertida que recuerdo de mi estadía en Cuba, de mis viajes a la India y sus viajes a Europa, de Twin Peaks, de la trama de una novela de Conrad, y del minimalismo de las letras en las canciones que había escrito en su álbum. Una pinta de cerveza acompañó estas digresiones, y un observador incauto tal vez se apresuraría a decir que mi incipiente estado de ebriedad era la explicación de mi adquirido desenvolvimiento, de mi relajación, de que mis palabras no zozobraran más sino expresaran, con el distendido auxilio de mis manos, la alegría que se gestaba en mi interior. Pero esto sería equivocado. Toda mi paulatina calma era abrigada por una sola causa: la creciente sospecha de que no estaba solo, de que ella sentía, si no lo mismo que yo, algo parecido; sospecha que era apenas algo más que una esperanza, pero que se encendía más y más gracias a al nosequé que ardía en su mirada.

En este tipo de circunstancias, suele suceder que el mundo exterior parece emular nuestro fuero interno. Tal vez por eso, a medida que la angustia que se había formado en mí, pensándome perdido, se trastocaba en esperanza, las nubes densas se disipaban más y más, llenando el horizonte de rayos carmesíes que penetraban la superficie del río como dagas celestiales. Yo estaba de espaldas a la puesta del sol, de manera que contemplaba el arrebol del horizonte derramándose no en el agua, sino en la piel oscura de su exótico rostro. Comprendí, al ver sus ojos teñidos de un púrpura exquisito, que el horizonte gris a mis espaldas se había convertido ya en un mundo de celajes ardientes. El arrebol intenso de mi tierra se diluía sobre aquellos ojos antiguos, como tinta escarlata echada en el agua de un estanque japonés, causando en mí una suerte de asombro primitivo.

Muy pronto el agua se oscureció y la crueldad de la noche se alzó sobre nosotros como un vengativo hechizo guaraní. Solo entonces comprendimos, con claridad total, lo que ocurría. Después de besarla sentí en mis labios un sabor extraño y desconocido. Era un sabor a tiempo, como el sabor que sentiría un hombre si besara la cara oscura de la luna. Estuvimos quietos un momento, un instante en que sólo el agua continuó su curso milenario. Parecíamos estatuas inmóviles en esta región del mundo llena de huellas ocultas. Me pregunté si aquel beso también dejaría una huella en las arenas, o una marca singular en el río, como una moneda de plata que, arrojada en él, brilla secreta y milenariamente en su profundidad. Pero no abrigué esperanza: era posible que mañana todo se desvaneciera, que la moneda de plata se hundiera en el lecho fangoso, o fuera tragada por el pez más viejo del río.

Fuimos —ahora lo comprendo— lo que tantos otros han sido: fantasmas aparecidos e idos en el curso de unas horas, de modo tal que nadie, ni siquiera nosotros, ha de saber con certeza sin en verdad estuvimos allí, o si no seguimos allí ahora mismo, como dos espectros, en el atardecer eterno de un sol que nunca acaba de ponerse. La moneda de plata, recién arrojada al río, todavía se hunde y no ha tocado el fondo lúgubre. Es imposible decir si brillará como una estrella subfluvial, o sucumbirá en un fondo lleno de peces primitivos y recuerdos que, siniestramente, yacen sepultados.


$\S$ Sobre la hierba prolija del cementerio, no sé si sus sandalias negras con encajes brillantes ofendían o alegraban la solemnidad de los muertos. Su remera negra tenía un precioso y seductor escote lágrima, dentro del cual un suave lunar perlaba una piel bronceada durante aburridas siestas de tomar sol. Conversaba con cierta impertinencia sobre el consumo de drogas, la vida después de la muerte y la naturaleza del alma, sentada junto a la tumba de nuestra vieja amiga, que se suicidó tras años de adicción y deterioro psicológico y moral. Acomodó las flores y limpió la tierra y el agua de lluvia que se acumulaban sobre la lápida con una delicadeza y un cariño que me parecieron maternales. El amor que sintió alguna vez por la amiga muerta permanecía intacto, y aunque otros visitantes pudieran juzgar sus ropas hermosas, su conversación desafortunada y un tanto ruidosa, su actitud despreocupada—en fin, su aparente impertinencia en aquel silencioso cementerio—la bondad de su corazón, la sinceridad de sus dolores íntimos, y su espontánea calidez eran igual de aparentes.

Pocos meses antes, ella fue mi acompañante durante mi primera visita al cementerio, una tarde lluviosa y melancólica en la que mi dolor todavía era fresco y lacerante. Esta vez, para mi sorpresa, no sentí nada. Mi atención estaba centrada en los vivos, en el hermoso rostro de mi acompañante, en su extraña conversación, que yo escuchaba con cierta pasividad resignada. Ella vivía una vida distinta a la mía, en un universo distinto al mío. La hermosura de sus ropas, la delicadeza de su maquillaje, el bronceado de su piel, el brillo de sus sandalias, su escote lágrima—en resumen, todos los detalles superficiales que podrían sugerir un alma superficial—no revelaban ni vanidad vulgar ni, al fin y al cabo, siquiera sana coquetería. En su consciencia, cada instante era signado por la duda de sí misma, por la abrasante convicción de que una mujer sólo es tomada en serio si satisface cierto criterio perverso de perfección, que nadie—tampoco yo—podría amarla si lo más mínimo de su fuero externo sufriera la más pequeña alteración.

Desde su tierna infancia, padres y hermanos le enseñaron—sin mediar palabra alguna—que la delgadez y la belleza garantizaban a las mujeres un trato respetuoso y diferencial, humillándola por su intermitente gordura e inculcando en ella la creencia, no del todo errada en muchos círculos, de que el amor otorgado a una persona es proporcional a la gratificación estética que es capaz de producir. Yo la comprendía y soñaba mostrarle que el amor puede ser perfecto, pero nos presentía a la vez separados por un río inabarcable, y al verla abrazar tan firmemente las mismas convicciones que destruían su posibilidad de ser feliz, la consideraba—en cierta medida—una partícipe del crimen. Comprendí que yo no debía «despertarla»: sus ojos estaban bien abiertos en un mundo, en una vida, donde todas aquellas cadenas que a mí me parecían tan lejanas eran verdaderas, tenían un peso espiritual que dificultaba real, incluso físicamente sus pasos. Por eso la compadecía sin saber del todo cómo hablarle.

Unas horas después nos despedimos, solos en la oscuridad de la noche, mirándonos frente a frente en la calle de tierra que conduce a la quinta de mi padre, rodeados de luciérnagas cuya aparición intermitente reflejaba la inconstante llama de la felicidad a lo largo de su vida. «Amo las luciérnagas», me dijo, sin sospechar la triste ironía que inundó mi corazón. Besé sus labios y nos abrazamos en silencio. Éramos irremediablemente diferentes—ella lo supo y yo también—y sin embargo sabíamos comprender los duelos secretos del otro. Y eso también es una forma del amor.


$\S$ ¿Por qué, al recordar un lugar, no damos preponderancia a los sueños soñados en él? Decimos «allí vi este monumento», «allá vi este río», pero nunca «allá soñé una luna carmesí» o «aquí mis sueños fueron plácidos». En los sueños, rara vez sentimos que nos equivocamos, y posiblemente se deba a que no lo hacemos. Sin embargo, priorizamos esta vida de desaciertos y errores.

Este verano soñé con dos hermosos ojos negros que, intermitentemente, iban de su propia forma a otras formas más extrañas: primero eran dos ojos, luego dos gotas de agua clara; eran ojos otra vez, y luego dos personas no del todo idénticas; dos ojos, dos espadas oxidadas, y otras formas que he olvidado. Soñé que nos invadía el Paraguay y yo, traidor a mi patria, luchaba en el bando paraguayo. Soñé que estaba solo, «sin padre ni madre», en una playa fría. Soñé a mi antiguo profesor de música sonriendo. Soñé que me enamoraba de una joven y, en efecto, amanecí enamorado de ella. Soñé que moría y pensaba: «esto fue todo, la quise tanto, que Dios que la proteja». Soñé piezas de ajedrez que intentaban en vano repetir una partida de Morphy. No soñé, lamentablemente, con Paulina, cuyo rostro sólo puedo ver en sueños y extraño mucho últimamente.