El temor es madre de la crueldad, y en pocas cosas sentimos tantas ansiedades como en el amor. Nuestra educación sentimental enseña, más o menos explícitamente, que la respuesta más violenta es usualmente la correcta. Si tememos que la persona amada se enamore de otra, debemos limitarla; si nos da miedo su abandono, debemos retenerla; si nos inquieta mostrarnos vulnerables ante ella, debemos endurecernos. Pienso que todos sentimos, en un nivel fundamental, un deseo por amar y ser amados, y que en particular el miedo a perder el amor es la causa principal de muchos de nuestros vicios.
Séneca, en sus Cartas a Lucilio, enseña que «ningún bien puede darnos placer salvo aquél para cuya pérdida estamos preparados», puesto que son iguales el dolor por la cosa perdida y el temor de perderla. En general, una postura defensiva atrae el ataque, así como una impenetrable cerradura es más atractiva para un ladrón que una puerta llanamente abierta. López de Gómara, en su Historia general de las Indias, dice que cierta nación cerca sus huertos con hilos de algodón, resultando mucho más seguros que los fosos y los alambres espinosos. Del mismo modo, por regla general, cuanto más libre, compasiva y tolerante la ética que gobierna nuestro amor, menos admite la proliferación del sufrimiento.
Si añadimos a esto que, por regla general, acciones semejantes producen efectos diferentes, estando nuestras vidas constantemente atadas a los caprichos del azar y de la suerte,
Nescia mens hominum fati sortisque futurae
[La mente de los hombres desconoce el destino y la suerte futura]
—Virgilio, Eneida, Libro X
se vuelve evidente que no debemos pretender jamás control alguno en el amor, y que todo control que creamos poder tener es ilusorio.
Las personas celosas o controladoras generalmente reconocen que es el miedo lo que induce sus comportamientos destructivos. Sin embargo, rara vez admiten que ninguna de las acciones que toman evitan realmente aquello que temen. Las personas monogámicas suelen engañarse al pensar que el anillo protector de su contrato evitará que sus parejas se enamoren de otros, cuando, si nos atenemos a los hechos, ni siquiera parece desalentar que esto suceda. Quienes, en vez de procurarlo sanamente, demandan afecto o atención, rara vez se percatan de que solo hacen menos probable su llegada, y no siempre apreciamos que la lealtad ganada es más firme y duradera que la exigida.
Cuando no es el miedo lo que nos hace obrar con violencia, suele ser el afán de conquistar. Del mismo modo que, para conquistar, primero debemos dividir, las personas usualmente buscan limitar y fragmentar la personalidad y libertad del ser amado con el fin de tomar posesión de él. Se ama, pero en la medida que; se quiere, pero siempre y cuando...
Toda filosofía, pero en particular una filosofía concerniente a las experiencias afectivas de los hombres, debe fundarse en la libertad, la compansión y la tolerancia. Utilizo estos tres términos, que sin duda han sido gastados, en su sentido radical. Una ética superadora debe aceptar completa y absolutamente la individualidad de las personas amadas, sin imponerles ninguna restricción. Debe fundarse en el amor a los individuos—en el sentido etimológico, es decir, no-divididos o no-fragmentados—. No debe imponer tales o cuales condiciones para el amor, porque esto admite que no se ama a la persona sino a cierta expresión limitada de su personalidad. Debe fundar los vínculos en el deseo de promover y estimular el desarrollo íntegro y completo de la personalidad de la persona amada así como de la propia. En última instancia, requiere un cariño y compromiso sinceros con la personalidad total, no fragmentada, de aquellos a quien deseamos entregar nuestro corazón.
Cuando se presenta esta filosofía, las personas suelen reaccionar con escepticismo o incluso rechazo. La principal razón es que nunca han experimentado relaciones fundadas en los tres principios nombrados arriba, imaginándolas como algo caótico, desordenado, o carente de compromiso. Lo mejor que puede hacerse es no predicar, sino mostrar con el ejemplo que un amor fundado en esta ética no sólo puede ser comprometido, responsable y duradero, sino que el respeto por la individualidad y libertad ajenas lo dota de una dulzura y una ternura superiores. La gente sana y de buen corazón, por regla general, reconoce el amor y sus virtudes cuando lo tienen enfrente, y por lo tanto basta con dar el ejemplo para que puedan convencerse.