Cuando era más joven, mi predisposición a la tranquilidad solía avergonzarme. Cierta vez, mi hermana, cuya inteligencia es impecable, y particularmente aguda en la lectura de las personalidades, dijo que antes que nada yo era una persona que «no quería ser molestada». Evocando a Ovidio,
fugax rerum, securaque in otia natus.
Una amante que supo conocerme bien, y a quien debo momentos de exquisita ternura, me describió como «aquel hombre que canta por las mañanas y siempre luce tan tranquilo». Otra, con la que charlábamos acerca del ethos contemporáneo, me dijo con justa razón que «el mundo externo me es desconocido» (no buscaba halagarme). Uno de mis mejores amigos, en una entrevista radial, me describió como un adolescente que «sólo quería leer». Y en mi adolescencia temprana, en una entrevista psicológica, cuando se me preguntó qué planta elegiría ser, dije «cualquiera que sea espinosa y florida», pensando que no quería que nadie me molestase mientras abría mis corolas al aire.
Solía avergonzarme porque, en oposición a mi naturaleza, pensaba que una vida digna de ser vivida era una vida agitada. Leyendo la biografía de Severino di Giovanni, la del orientalista Richard Burton, la de Miguel Hernández y la de Ernesto Guevara, siento «esto es una vida bien vivida». Por otro lado, leyendo a Montaigne, a Antonio Machado, a Bertrand Russell, me identifico con la sobriedad y la serenidad de sus pensamientos, y hablo solo «esperando hablar a Dios un día».
Supongo, además, que el ejemplo de mi padre dejó cierta impresión en mí. Aunque ciertamente movido por emociones más complejas que simplemente el deseo de aventura, viajó por todo el mundo, cruzó los Himalayas y el desierto de Atacama en bicicleta, se dedicó ardientemente al estudio y al trabajo, y siempre pareció rebosante de vitalidad y energía. Su corazón, tal como aparecía ante mí, era intrépido y salvaje. Y aunque su ideal implicó, además de estas cosas bellas, una inmensa cantidad de sufrimiento evitable —para sí mismo y sus allegados— nadie podría decir que no vivió.
Mi padre y yo compartimos todos los objetos de interés —lo cual, debe decirse, es una hermosa bendición— pero nuestra relación con ellos es marcadamente diferente. En nuestro primer viaje a la India recorrimos las azafranadas tierras de Rajastán. Pero mientras él dirigía su energía a la exploración del espacio, y al procesamiento —debo decir que rico y penetrante— del exótico universo que nos rodeaba, yo escribía ardientemente en mi diario, ponderaba conflictuado los extraños sueños que me invadieron en aquella tierra, y trataba de capturar las experiencias sensibles en el simbolismo de la poesía. Cierta noche, en Udaipur, tuve un impresionante sueño con una terrible sombra. Según atestigué en mi diario un tiempo después:
(...) I woke from this dream under so great distress, and with such melancholic anguish, as words could not express. The image had bewitched me. I gathered the strength to pursue the day, and moved to and fro the bridges that arch over Lake Pichola, and conversed with people of so varied walks of life, as I so often intend to in the streets of India, that I managed to, if not forget, at least veil the sinister impression which that shadow had carved in my mind. But as nightfall came and I perceived that all around me darkened, and in the sky I saw the first of stars, I thought: Your shine is surely unfailing, so where were you before? And in that lane I walked, to which I had arrived as one arrives to any street in India—viz. stochastically—I knew that, just as daylight only veils the stellar sparks, without ever removing the stars from their own place, so the cloak of diurnal passion only seemed to conceal the sadness of my heart—and wherever I turned, I feared to see the shadow.
Esta tendencia al solipsismo y la ocupación conmigo mismo me desagradaba en cierta medida, y una parte de mí juzgaba un desperdicio el haber pasado mi tiempo en oriente tan ocupado con mis sueños y la escritura.
Con el paso del tiempo, he aprendido a abrazar mi naturaleza y no pretender otra. Ante todo, para usar las palabras de Montaigne, sé «reservar mi propia voluntad», no me dejo llevar ni en lo pequeño ni en lo grande, y «me ocupo y actúo de la misma manera: pocas veces y con tranquilidad». Si las cosas me afectan intensamente lo agradezco, porque conozco la hermosura del ardor y las pasiones, pero raras veces me dominan. Como dice cierto verso español, me gusta ser como «una abierta ventana que escucha», y disfruto sentir el eco de la tarde con la compañía del tabaco, los libros y mi instrumento.
No participo de las redes ni de la virtualidad por fuera de este portal, que nadie conoce y que tampoco publicito. Como los artistas, aunque no me considero uno, disfruto de ser visto; pero a diferencia de casi todos, prefiero que sea a través de un velo sólo apenas transparente. Me gusta ser conocido por pocos, pero bien conocido, con mi cuota de luces y de sombras. Si, por apuntar muy alto, parezco ambicioso, no me entrego con ardor ni a mis fracasos ni a mis éxitos, porque no me hago del todo cargo de ninguna de mis obras. En todas nuestras acciones, nos gobiernan sobre todo la fortuna y, en segundo lugar, nuestro carácter, que nos es desconocido. Por sobre todas las cosas, disfruto del amor, que es la pasión más exquisita e intensa de la vida, pero —siguiendo el consejo de Séneca— rara vez temo perder al ser amado y admito que las cosas sigan su curso natural, evitando la violencia del que quiere forzar su destino. Aspiro —muchas veces sin éxito— a ser como el agua, que toma la forma que las orillas y las piedras le van otorgando, sin perder jamás su propia naturaleza.
El rostro desagradable de esta naturaleza mía es una odiosa predisposición a la melancolía. Esta inclinación es tan grande que roza el mal gusto, y, como alguna vez me fue señalado, es abolida solo por acción del afecto femenino. Hay en mí una tendencia a reposar mi naturaleza nostalgiosa sobre la tela del anima —para usar un término de Jung— , como un niño somnoliento sueña con apoyar su cabeza sobre una almohada de plumas. Sin duda alguna, mis enamoramientos han estado al menos en cierta medida mediados por el grado en que la persona correspondía a esta tendencia psíquica, que fue por muchos años inconsciente. Si mi alma puede reposar en otra de este modo, rara vez siento tristeza y, en verdad, reluce lo mejor de mi naturaleza. Esto me ha llevado a escapar de la soledad y anhelar una vida de sereno compañerismo con una o dos almas afines, no mucho más. La fortuna me ha concedido este bien, y paso mis días casi siempre bien acompañado —con excepción de cuando me toca ser mi propia compañía—.