Cuando una nueva ética se descubre, y se reconoce como verdadera, es natural que revisemos la conducta pasada a fin de interpretarla bajo la nueva luz. Eso es lo que pretendo ahora.

$\S$ El sentimiento de vacío no consiste en no sentir nada. Tiene un qualia determinado, pero cuya determinación es precisamente la no determinación, la vacuidad. En la promiscuidad obscena de mis veintes no encontré nada más que esto. Sentía un afecto tan superficial por mis amantes que acaso era apenas una forma de la distracción. Lo que es peor, si fui querido por ellas, donde yo presentí la amorfa intuición de lo que no es, junto con una viciosa y primitiva forma de interés, ellas pudieron sentir amargura. Me vaciaba a mí mismo como un frasco lleno de humo que se destapa de repente mientras todo a su alrededor, aunque se llena, se llena de tinieblas. Y en todo era movido por la sed idiota del que busca dar caza a una entidad desconocida, una que, cuando finalmente es alcanzada, aunque en cierto modo muere, crea una copia de sí misma en un lugar desconocido. Y todo debe comenzar de nuevo.

$\S$ Hace poco soñé que me encontraba en una mesa rodeado de gente que aprecio y que me aprecia. Una colega científica decía «en verdad es un joven inteligente», la directora de mi laboratorio celebraba mis logros, y mi pareja me contemplaba con amor diciéndome lo noble que era. Entonces presentí mi absoluta pequeñez y, poniendo las manos sobre la cruz que pende de mi cuello, lloré con amargura. Nadie comprendió mi llanto, pero les dije: «¡Si tan sólo hubiera hecho todo lo bueno que hice en mi vida, pero sin que nadie supiera que fui yo el que lo hizo!» Porque siempre cultivé la arrogancia y la vanidad, y me sentí mejor que otros por tener hinchada la cabeza, sin darme cuenta que la única virtud está en el corazón del hombre. Por eso a mis quince años —lo recuerdo vivamente, y es la memoria que más vergüenza me da— me reí con sorna de una humilde persona que escuché consultar por libros de filosofía, como pensando: «¡como que ésta va a leer algo!» La vida me enseñó luego la perfección de esa mujer, como para enseñarme una lección, pero yo era aún demasiado estúpido para aprender nada. Vivía hinchado de mí mismo, y cuanto más se inflaba mi cabeza más se torcía mi corazón. Adoraba que me elogien, y para colmo de males cultivaba precisamente actividades que la gente gusta de elogiar —la lectura, la ciencia, la música y la poesía—. Lo que es peor, cuando una persona hacía lo correcto; es decir, cuando una persona no me consideraba ni más ni menos por ejercer estas actividades, sentía como una especie de ofensa, como un vano dignatario ofendido de que, al saludarlo, no besen su delicada mano. Tal era, en mi adolescencia y mi juventud temprana, el grado de mi ignorancia. Y hoy verdaderamente digo, quisiera nunca más ser elogiado, y cada obra de amor quisiera hacerla en secreto. Si amo lo que hago, ¿qué puede darme un elogio? El amor es su propio fin.