Los recuerdos son luciérnagas que se prenden y se apagan en la oscuridad de la consciencia. Y, lentamente, fuimos sembrando un campo de luciérnagas. Y ahora que danzan y se mezclan, donde la luz de una u otra podría parecer languideciente o melancólica, el todo es luminoso e incandescente. Mirándolas, siento que esta historia ha alcanzado un punto de equilibrio. Orbitamos, cada uno a la misma distancia, un centro secreto. Nadie lo sabe, pero es así. Pienso: «Pronto me iré a otro país y el amor que le ofrecí se extinguirá». Pero es una mentira: así como el Paraná continuará su ciego desenlace hacia el corazón del hombre, sobre las aguas oscuras, cuando la luna asombre el ojo de los peces, aún se verá el trémulo reflejo de las luciérnagas.