Acabo de volver de Santa Ana, un humilde pueblo cercano a Corrientes, en cuya plaza me senté a mirar pasar a las personas. Había una forma perfecta de sencillez en cada mínimo detalle. Me sentí indigno de existir, o al menos de existir allí, en ese lugar, en ese momento. Mi vanidad, mi sensualidad, mi distanacia del reino de los cielos... Los niños que pasaban ante mí, jugando, eran más sabios, y por ende más felices. Ojalá hubiera muerto, o existiera en una oscuridad tan absoluta que no pudiera discernir si es una tumba o es la bóveda materna. Ojalá, dado que no he muerto, viviera una vida sencilla. ¿Se comprende lo que eso significa? Sencilla. Sí... Pero no soy un hombre simple: en todo siento un eco anocheciente, y el mundo aparece ante mis cinco sentidos como un coro de vestigios.