Mi Cristo: en este cascarón oscuro
vivo encerrado, y lucho desde adentro
por trascender su despoblado centro
permaneciendo (más o menos) puro.

Desde la oscuridad de este conjuro
me hundo, me sumerjo sombra adentro,
buscando en el inhóspito epicentro
algo que ignoro, y que tal vez abjuro.

Mi Cristo: ¿acaso en vano me enseñaste
que el reino de los cielos se consigue
llevando luz y amor a la penumbra?

Mi Cristo: no hay amor o luz que baste
para vencer al mal que me persigue
donde tu cruz ni vive ni me alumbra.