$\S$ Hace poco tiempo creí comprender: El reino de los cielos es el estado de existencia del que vive bajo los ocho principios. Estos principios son:
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No resistir el mal.
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Rechazar de toda forma de autoridad terrenal y de poder concentrado.
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Practicar la austeridad y abstenerse de actuar motivados por el deseo de adquirir riquezas, poder, o cosas superficiales.
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No juzgar a otros, como se enseña en Mateo 7:1-5, y abandonar toda arrogancia y vanidad.
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Perdonarlo todo, como se enseña en Mateo 18:21-22.
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Tomar el lado de los hambrientos, los que pasan frío, los prisioneros, los sometidos, y los débiles, y acercarse a ellos.
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Nunca limitar la libertad de otro, sea hombre o mujer, en ninguna materia: económica, política, religiosa, sexual, etc.
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Nunca preocuparse por la propia vida ni por el mañana, como se expresa en Mateo 6:25-34.
(No es difícil encontrar excepciones a estos principios; pero el sentido de un principio es ser general, no universal.)
Pienso que todas mis angustias se derivan de mi alejamiento de estos principios, sobre todo del (4) y el (8). De los demás, con mayor o menor éxito, no creo desviarme tanto que pueda considerarme corrompido o vil. ¿Por qué entonces pesa sobre mi corazón tanta tristeza? ¿Quién puso sobre mí este yugo, esta desagradable predisposición a la melancolía, este deseo de muerte? Sueño siempre y solo sueño turbios universos. Lo que es peor, no sé mostrarme de este modo, y quien sea que me cruce seguro me encuentre risueño y feliz, porque me da pudor y vergüenza mi tristeza. Por eso vengo a este papel a hacerle un altar a mi tristeza, sencillo y de mal gusto, como esas ermitas llenas de cursi encanto que uno encuentra en las rutas argentinas.