$\S$ Y, ahora me digo, ¿no son una mentira estas angustias? Se obran en mí como una ilusión es obrada por un mago habilidoso ante los ojos crédulos de un necio. He besado una boca y fui feliz—luego, el pensamiento: «this was meaningless»—luego una extraña paz—luego un vacío—luego ternura. Me engaño porque imagino que la felicidad es un estado ideal y perfecto; pero, en todas las cosas, me asombran pensamientos oscuros, infelices o, por lo menos, faltos de hermosura. Me asombran y me digo: «¿Lo ves? No eres feliz». Como si la felicidad tuviera como condición necesaria que ningún pensamiento imperfecto se gestara en nosotros. Pero no es así: se gestan, aparecen, y es nuestro deber dejarlos ser: verlos pasar como estrellas fugaces en un cielo baldío. La felicidad es vivir en el reino de los cielos; vivimos en el reino de los cielos cuando obramos con amor y compasión. Nada importa si un pensamiento oscuro nos asalta: los pensamientos son como luciérnagas que se prenden y se apagan en la oscuridad total de la consciencia.