$\S$ Hace poco soñé que me encontraba en una mesa rodeado de gente que aprecio y que me aprecia. Una colega científica decía «en verdad es un joven inteligente», la directora de mi laboratorio celebraba mis logros, y mi pareja me contemplaba con amor diciéndome lo noble que era. Entonces presentí mi absoluta pequeñez y, poniendo las manos sobre la cruz que pende de mi cuello, lloré con amargura. Nadie comprendió mi llanto, pero les dije: «¡Si tan sólo hubiera hecho todo lo bueno que hice en mi vida, pero sin que nadie supiera que fui yo el que lo hizo!». Porque siempre cultivé la arrogancia, y me sentí mejor que otros por tener hinchada la cabeza, sin darme cuenta que la única virtud está en el corazón del hombre. Hoy verdaderamente digo, quisiera nunca más ser elogiado, y cada obra de amor quisiera hacerla en secreto. Si amo lo que hago, ¿qué puede darme un elogio? El amor es su propio fin.