$\S$ Me gustaba repetir, en mi ignorancia, aquella sentencia del Apocalipsis que me enseñó mi padre; y, considerándome en cada posición tomada firme y fuerte, decía «Dios vomita a los tibios». No sólo todo lo juzgaba sino que me enorgullecía de hacerlo, considerándolo una virtud, porque se me había enseñado que para ser justo hay que juzgar. Pero la etimología es engañosa, porque justo deriva de iūstus, del que está de acuerdo con la ley; y juzgar de iudicāre, de dar un veredicto. Pero en mi ley está escrito: Do not judge, or you too will be judged. Porque no es justo el que juzga, sino el que perdona y el que olvida. Y mucho me decía a mí mismo, viendo que mi adicción al juicio me enfermaba, «¡cuánto quisiera no juzgar a nadie!». Porque andaba solo por la vida, y a nadie dejaba que se acerque, porque en todos veía sólo lo peor. Por eso tuve siempre pocos amigos, aunque eso sí, excelentes, mucho más excelentes que yo. Y a todos ellos herí con mi juicio, de una u otra forma, y a mí también.