La bifurcación que se abre ante mí es la siguiente: o bien la vida no tiene sentido, en cuyo caso no veo otro camino que la muerte voluntaria; o bien la vida lo tiene, en cuyo caso dicho sentido determinará el camino. Me rehuso a conceder a la vida un sentido sobrenatural: la vida es parte de la naturaleza. El único otro tipo de sentido que puede dársele es ético. Por lo que mi dilema se reduce al siguiente: o logro dotar a mi vida de un sentido ético, o abrazo la muerte.
Uno podría decir: ¿por qué morir, si estás avanzando en la vida? Pero todo lo que he logrado es vano. Hace cuatro años lo hubiera dado todo por, digamos, publicar un trabajo propio en un journal de Nature, por trabajar en ciencia, por recorrer el mundo, pero habiéndolo alcanzado me digo a mí mismo, ¿y qué? Frente a mí hay una silla, una mesa, una almohada: ¿qué me distingue de estas cosas? En mi vida romántica o bien disimulo esta forma de sentirme o, al mostrarla, soy del todo incomprendido. Las personas responden con extrema facilidad a la pregunta de cuál es el sentido de la vida, como si preguntáramos cuál es el color del cielo. La respuesta de la filosofía analítica, que nos dice que la pregunta no tiene sentido, no ayuda en nada. Las sentencias de la ética, como Wittgenstein mostró irrefutablemente, no se distinguen en nada de otras proposiciones. Según él existe algo que nos permite trascender lo proposicional, algo que nos permite ir más allá del mundo. ¿Pero qué es?
Esta mañana desperté temprano y, antes de trabajar, fui a dar de comer a los pájaros en un parque y a leer las enseñanzas de Cristo. En verdad, fue el más sabio de los hombres. Me parece a mí que si es que existe un sentido ético de la vida, debe ser el de la ética cristiana. A su vez, cuando me siento solo, que es la mayor parte del tiempo, siento algo así como «Dios te está llamando» —aunque esas palabras son inexactas—. Me parece a mí que es verdadero que «somos la luz del mundo»: en la tiniebla universal arde la luz de la consciencia. Pero estoy lleno de sombras y la línea que divide al mal del bien delimita mi vida.
Desde un punto de vista psicológico, soy consciente que existe una tristeza subyaciente a a este deseo de descubrir si la vida tiene sentido y de morir si no lo tiene. Soy consciente, además, de que esta tristeza, que es como el manantial de todas estas inquietudes, está directamente atada al suicidio de Paulina. Por predecible que fuera, no estaba preparado para perder de esa manera a una mujer que fue por tantos años mi amante, mi amiga, mi compañera: lejos o cerca, era todas estas cosas. Desde que consumé mi duelo, algo que sucedió más de un año después de su muerte, todo en mí es un agua removida. Hundo las manos y trato de asir algo, como el ciego que busca con las manos una perla a plena luz del día. El tiempo dirá.